La Quinta Sinfonía de Mahler es un viaje de contrastes, transformación y humanidad. A propósito de Colisionantes, el concierto que dirigirá el 11 de agosto en el Teatro Metropolitano junto a #LaJoven (orquesta de la Fundación Bolívar Davivienda), Paolo Bortolameolli comparte su mirada sobre una de las obras más conmovedoras del repertorio sinfónico y explica por qué sigue siendo una experiencia capaz de transformar a quien la escucha.
Muchas veces creemos que para disfrutar la música clásica hay que entenderla antes, y mi experiencia ha sido exactamente la contraria: primero se siente, después, si uno quiere, la entiende. La música habla un idioma que todos conocemos, aunque no siempre sepamos ponerle nombre.
-Paolo Bortolameolli
En 'Colisionantes' se habla de emociones que se encuentran, chocan y se transforman. Desde lo musical, ¿en qué momentos de la Quinta Sinfonía de Mahler siente y se refleja con más fuerza esa idea de "colisión"?
La Quinta de Mahler es, probablemente, una de las grandes obras sobre la transformación. Si bien la música no cuenta una historia lineal, nos invita a vivir un recorrido donde las emociones nunca permanecen inmóviles. Chocan entre sí, se contradicen y, justamente por eso, evolucionan.
El Mahler que comenzó a escribir la sinfonía es muy distinto de aquel que la terminó. Después de colapsar finalizando una representación de La flauta mágica que él dirigía, Mahler sintió por primera vez que la muerte lo rondaba directamente.
La solemnidad de la marcha fúnebre y los estallidos de una energía que se resiste a quedar atrapada en ella son esenciales para entender la primera parte de su quinta.
Más adelante, el Scherzo parece abrir un mundo completamente distinto, lleno de vitalidad, flujo y movimiento. Prácticamente como la obra decidiera reinventarse desde adentro haciendo eco de las transformaciones del mundo allá afuera.
Y luego quizás el ejemplo más hermoso de transformación: El amor presente en una canción sin palabras. El célebre Adagietto es la música que acompaña el momento en que Mahler vuelve a encontrar el rumbo de un camino lleno de luz y esperanza. Acaba de conocer a Alma, el amor de su vida. El Adagietto nos lleva a un espacio profundamente íntimo, casi suspendido en el tiempo, y desde esa contemplación nace un final luminoso, lleno de impulso y celebración. Ahí la colisión deja de ser conflicto para convertirse en crecimiento. Y ahí una de las grandes reflexiones que nos deja esta obra: las emociones no se eliminan unas a otras; dialogan, se enfrentan y pueden terminar construyendo algo nuevo.
¿Cuáles son los retos de interpretar una sinfonía de Mahler y qué significa para usted real
Mahler exige muchísimo, pero no solamente desde lo técnico. Por supuesto que hay enormes desafíos de precisión, equilibrio y también resistencia, pero lo verdaderamente complejo es lograr que toda esa arquitectura esté siempre al servicio de una idea humana que además en el caso de este compositor, generalmente visita profundidades tanto espirituales como intelectuales.
Mahler escribe, tal como él mismo lo dice en una ya célebre frase, como si una sinfonía pudiese (y debiese) contener el mundo entero. Hay ironía, dolor, esperanza, humor, nostalgia, euforia... y todo puede ocurrir en cuestión de segundos. El desafío consiste en que esos cambios no parezcan episodios aislados, sino parte de un mismo relato.
Con una orquesta joven eso adquiere un significado muy especial. Los músicos viven esa intensidad con una entrega única y extraordinaria. Hay una energía, una curiosidad y una valentía que dialogan muy naturalmente con el universo de Mahler. De hecho creo que es un repertorio perfecto para ellos.
Para mí, trabajar con ellos no consiste solamente en preparar un concierto; consiste en construir una experiencia que ojalá pueda permanecer en ellos durante muchos años. Y esa es una de las razones por las que dirigir orquestas de jóvenes sigue siendo una de las cosas que más me entusiasman e inspiran.
¿Por qué las personas deberían venir a escuchar este concierto?
Porque no hace falta conocer a Mahler para emocionarse con Mahler.
Muchas veces creemos que para disfrutar la música clásica hay que entenderla antes, y mi experiencia ha sido exactamente la contraria: primero se siente, después, si uno quiere, la entiende. La música habla un idioma que todos conocemos, aunque no siempre sepamos ponerle nombre.
La Quinta Sinfonía es una obra que nos recuerda que los seres humanos somos profundamente contradictorios. Podemos sentir esperanza y miedo al mismo tiempo, fragilidad y fuerza al mismo tiempo. Y, lejos de esconder esas contradicciones, Mahler las expone y convierte en belleza.
Creo que salir de un concierto sintiendo algo distinto de lo que uno sentía al entrar es una experiencia muy valiosa. Y ese es el objetivo pues si eso ocurre, aunque sea por unos minutos, entonces la música ya hizo su trabajo. Y estoy convencido de que esta obra y esta orquesta tiene ese poder.







